domingo, 23 de marzo de 2014

ENSEÑAR LATÍN EN LATÍN

La metodología que durante décadas, si no ya un siglo, hemos adoptado en nuestro país para la enseñanza del Griego y del Latín ha resultado una tarea ardua no sólo de comprensión por parte del alumno, sino también de explicación por parte de los que nos dedicamos a esta tarea, haciendo que la enseñanza y aprendizaje de estas lenguas tenga poco de productividad y de atractivo y un todo de dificultad y, en ocasiones, de inutilidad y hasta de irracionalidad. Si no pensemos cuando estudiábamos latín y nos hacían poner la palabra porta en caso vocativo, como si alguna vez fuésemos a hablar con una puerta.
Pero la culpa no es de las instituciones ni de los planes de estudios, sino más bien de nosotros, los propios filólogos, que, lejos de ponernos en la piel de los alumnos o de recordar nuestra etapa de estudiantes, preferimos acomodarnos en lo que ya sabemos y en lo que las generaciones anteriores nos han legado, un hecho que nos ha llevado a no transmitir a nuestros alumnos el amor y el placer de estudiar lenguas tan ricas y con tanta producción y belleza.
El craso error de la Filología Clásica, y tenemos que reconocerlo, está en el planteamiento metodológico: un embolado increíble en el que, sin que nadie nos obligara, nosotros solitos nos hemos metido; hablando claro: la reiterativa enseñanza de la gramática y del aprendizaje pormenorizado de todas sus reglas para que, al cabo de tres años y saturados de todo tipo de normas lingüísticas, nuestros alumnos se inicien en la “apasionante” aventura de lanzarse de cabeza a un diccionario y descifrar en dos horas el contenido de treinta o cuarenta palabras de Cicerón, haciéndoles caer en el error de que la palabra y sus análisis morfológico y sintáctico son el objetivo principal de la enseñanza de la Lingüística, y no el texto y/en su contexto.
¿Y qué resultado hemos obtenido de todo esto? Que a los alumnos (y no hablo de los de ahora, sino también de los que hemos tenido el Latín como materia obligatoria en planes de estudio anteriores -yo me incluyo-) les quede nada o menos del estudio del latín excepto un odio indescriptible contra una materia que no sólo los ha torturado durante años, sino que, además, no ha sabido hacerlos disfrutar del placer de leer correctamente y en versión original cosas tan bellas como un poema de Catulo o los amores de Dido y Eneas cantados por Virgilio en la Eneida o algo tan simple como un pasaje de La Vulgata.
Este mal llamado ejercicio lingüístico y de traducción ha sido más una ayuda para la asignatura de Lengua Española, que se beneficiaba de la práctica sintáctica y morfológica y del enriquecimiento léxico, que para la propia asignatura de Latín.
Ante este panorama, somos pocos las rarae aves que pensamos que la asignatura de Latín no debe tener únicamente ese valor propedéutico que siempre se le ha otorgado, sino que sabemos y confiamos en que nuestros alumnos pueden y deben aprender a leer y a comprender con soltura los textos clásicos latinos (sin análisis previo y sin diccionario), al menos aquellos escritos en prosa, para que, así, de primera mano y motu proprio, se lancen al estudio del mundo clásico y valoren el latín no por lo que un profesor sea capaz de transmitirles -lo que llamamos transmisión indirecta-, sino por lo que los propios autores latinos les puedan transmitir -esto es, la transmisión directa de la cultura-.
Si hacemos un poco de historia en el mundo de la Lingüística Latina, vemos que ya desde la época del Humanismo, numerosos autores como Erasmo de Rotterdam, Vives, Corderio o el propio Comenio apostaron por una enseñanza del latín donde la única regla era enseñarlo para lograr comprender sus textos.
También, y un milenio antes, ya S. Agustín nos habla de que aprendió latín sine ullo metu atque cruciatu, es decir, “sin miedos ni torturas”, o, lo que es lo mismo, sin reglas gramaticales que pudieran eclipsar la belleza de los textos, esto es, aprender el latín por “inmersión lingüística”.
Es esta metodología de “inmersión lingüística” la experiencia de aula que hemos estado llevando a cabo durante estos últimos nueve años en 4º de ESO y 1º de Bachillerato: enseñar la lengua del pueblo de Roma de forma original, práctica y sencilla, pero, a su vez, productiva, viva y sin más aditivos y adornos que los que la propia lengua latina ofrece, haciéndoles ver a nuestros alumnos que estudiar la temida asignatura de Latín puede dejar de ser algo comparable a un trabajo de Hércules.
Hemos pretendido aplicar una metodología capaz de introducir a los alumnos en la propia lengua latina, haciéndoles sentir el latín como una lengua aún viva, que se lee, que se entiende y, lo más importante, que desde el primer día se comprende y nos transmite aspectos de la cultura de la Roma clásica.
Y lo de plantearlo como ‘lengua viva’ es justamente eso, una lengua ‘viva’, una lengua que no sólo nos transmite información de primera mano, sino que, lo más importante, la hemos convertido en vehículo de comunicación en el aula.
Que a los alumnos se les imparta parte de la clase en latín, que se les pregunte en latín y que respondan en latín, tanto de forma oral como escrita, es lo que en Lingüística se denomina ‘uso activo’ de una lengua.

¿Tarea ardua? Mucho.
¿Tarea satisfactoria? Sobre todo.

Este planteamiento teórico inicial nos exigió, hace ya 9 años, cambiar el punto de vista de la enseñanza, emprendiendo un camino inverso al habitual: en lugar de ir de la gramática al texto, hemos ido del texto a la gramática, es decir, comprender qué dice el latín para aprender cómo se construye el latín.

Esto es muy sencillo. Veamos unos ejemplos:

1|        Las primeras palabras del libro, que se entienden por sí solas, son:
Rōma in Italiā est. Italia in Eurōpā est. Graecia in Eurōpā est. Italia et Graecia in Eurōpā sunt.

La primera pregunta obligada es si han comprendido el texto (jamás se les pide traducción -el objetivo de la Lingüística es la comprensión textual, no la traducción. Ésa es otra disciplina-). La respuesta de todos los alumnos es sí. El siguiente paso es ver los puntos gramaticales más relevantes: entre otros, los verbos. Se les pide que los localicen. Sin ningún tipo de dificultad localizan: est y sunt. Luego se les pregunta por la diferencia que perciben entre los dos verbos. Obviamente, la clase en peso responde: est es singular y sunt es plural.

2|        Seguimos con el primer capítulo. Más adelante dice:
Nīlus fluvius est. Rhēnus fluvius est. Nīlus et Rhēnus fluviī sunt.

La morfología verbal ya hemos visto que la comprenden y nos centramos en fluvius y en fluviī. Preguntamos por qué no acaban igual y todos responden que fluvius está en singular, mientras que fluviī está en plural. Explicación correcta. Ya aquí empiezan ellos solos a dar respuesta a un hecho gramatical concreto: el caso nominativo en masculino. En las líneas sucesivas y con la misma facilidad de comprensión vienen los femeninos y los neutros.

3|        Más adelante, en el capítulo tercero aparece la siguiente oración:
Mārcus Iūliam pulsat.

Les preguntamos qué ha pasado en la historia y ellos responden que Julia ha recibido un tortazo por parte de su hermano Marcos. Perfecto. La explicación gramatical más relevante es la palabra Iūliam acabada en -m: la explicación la dan por el propio razonamiento en español: si Julia recibe la acción del verbo, pulsat, es el complemento directo. Y aquí ya descubren que -m es la marca morfología del CD en singular.

4|        Llegados al capítulo décimo, leemos esta construcción:
Puerī puellam cantāre audiunt.

No es más que la temida construcción de infinitivo no concertado, que de entrada no se les presenta como tal, sino que se les pregunta si han comprendido la oración. Comprobado que sí, se les invita a localizar los verbos: audiunt -indicativo- y cantare -infinitivo-. A partir de aquí los orientamos a que localicen los sujetos y saben que los niños, puerī, son los que escuchan, audiunt, y que la niña, puellam, es la que canta, cantāre. Una vez aquí, la pregunta es obligada: ¿en qué caso está puellam? Todos responden que en acusativo. Siguiente pregunta: ¿Qué función hemos dicho que desempeña puellam? Y responden que la de sujeto de cantare, que está en infinitivo. Se les vuelve a preguntar: ¿Qué forma es cantāre? Responden que infinitivo. A partir de aquí, está ya todo hecho. Se les concluye diciendo: “Por lo tanto, el sujeto de un infinitivo va en caso…” y ellos responden a coro: “en acusativo”.

Como vemos, partiendo de la comprensión de los textos, los vamos orientando al descubrimiento y al aprendizaje de la temida gramática latina, sin ninguna dificultad, tomando como base los conocimientos adquiridos anteriormente para explicar los nuevos.
Este mismo hecho lo vemos con el vocabulario. Ecce exempla: en el capítulo octavo aparece una nueva palabra: pecūniōsus, que de entrada no comprenden, pero que tampoco se les dice qué significa. Se utilizan los conocimientos previos del latín para explicar esta nueva palabra y, empleando palabras que ellos ya conocen, se les define el término diciéndoles que pecūniōsus est vir quī magnam pecūniam habet ['pecūniōsus' es un hombre que tiene mucho dinero]. En el capítulo décimo tercero hay una tormenta y aparece el término imber. Se les define diciéndoles que imber est aqua quae dē nūbibus cadit ['imber' es el agua que cae de las nubes]. En el capítulo diecinueve aparecen dos nuevos términos, dīves y pauper. Del primero se les dice que es sinónimo de pecūniōsus; del segundo, pauper, que es su antónimo. Y con esto, procuramos que el latín se vaya explicando a sí mismo, o, lo que es lo mismo, procuramos enseñar latín en latín.

Así, vamos consiguiendo que texto y gramática caminen a la par, con la ventaja de que, de esta manera, la gramática no le quita en ningún momento protagonismo al texto. Ésta es la experiencia que el departamento ha venido realizando desde el año 2005: proponer el aprendizaje del latín a través del propio latín.
Así, estamos logrando que, si con las metodologías del siglo pasado, herencia del anterior, hacíamos que los alumnos se enfrentaran en una hora a un examen de unas dieciocho o veinte palabras, con este nuevo enfoque y en el mismo espacio de tiempo, realicen, sin ningún tipo de dificultad, un examen de segunda evaluación de algo más de 750 palabras.
Ante este cambio metodológico, no pretende nuestro departamento tener en un futuro a nuevos cicerones o a reconocidos humanistas de prestigio -que, por cierto, tanta falta nos hacen-, sino más bien que, dentro de unos años, cuando muchos de ellos -o todos- tengan su carrera, su trabajo y su familia y miren a su época de estudiantes, no recuerden la asignatura de Latín con esa antipatía con la que yo la recuerdo.




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martes, 18 de marzo de 2014

EMPEZÓ EN OLIMPIA

Fue la llanura situada a los pies del monte Kronión el escenario que vio nacer los Juegos Olímpicos, fundados en el año 884 a. C. por Ifitos, rey de Elide.
Estos juegos, llevados a cabo cada cuatro años en la ciudad de Olimpia, no fueron los únicos realizados en la Antigüedad, sino que, junto a los Píticos de Delfos, los Ístmicos de la ciudad de Corinto y los Nemeos de La Argólida, conformaron un circuito que, más allá de su carácter deportivo, cultural y de espectáculo popular, servía como tributo y honra a los dioses, dado que los concursos eran intercalados con sacrificios y ritos en honor, sobre todo, a Zeus.
Fueron celebrados durante más de 1200 años, hasta que en el año 394 d. C. el emperador romano Teodosio los prohibió por considerarlos paganos en un imperio ya cristiano.
Son muchas las curiosidades que se pueden comentar a cerca de los Juegos Olímpicos en el mundo antiguo y que hoy en día nos llamarían la atención.
La primera -y quizás la más llamativa- es el hecho de que para un griego no eran lo mismo los Juegos Olímpicos que las Olimpiadas. Los Juegos Olímpicos son propiamente las competiciones deportivas y actos religiosos celebrados durante seis días en la ciudad de Olimpia. La Olimpiada, en cambio, es ese espacio de cuatro años de preparación y entrenamiento transcurrido desde la finalización de unos Juegos Olímpicos y el inicio de los siguientes y que, a partir del año 776 a. C., les sirvió a los griegos para computar los años.
Otro hecho interesante es que los Juegos Olímpicos suponían un momento de tregua (ἐκεχειρία) en caso de guerra entre los distintos estados griegos. Ésta quedaba aplazada sin más con la finalidad de consagrar a los dioses estos momentos de exaltación de la belleza y de la fuerza humanas.
A los doce años, los niños comenzaban su preparación deportiva, ejercitando en palestras los músculos; a los dieciséis, en los gimnasios, realizaban la preparación física; a los veinte, concluida la formación deportiva, se les hacía entrega de las armas y eran los Hellanódicas, los jueces de los Juegos Olímpicos, los que determinaban quiénes estaban capacitados para tomar parte en los Juegos, supervisando, así, sus entrenamientos, examinando las instalaciones, etc.
Los atletas griegos competían siempre (excepto en determinadas pruebas a caballo) desnudos y ungiendo sus cuerpos con aceite y otros productos. Las mujeres casadas no podían ser espectadoras. Las solteras, en cambio, sí.
El programa de las fiestas varió de un siglo a otro y en los siglos V y IV los Juegos se componían de cuatro tipos de competiciones: atléticas, luctatorias, hípicas y el pentatlón.
En las atléticas, los participantes demostraban su fuerza física de modo individual y se componían de varias pruebas: las carreras, en las que participaban o bien desnudos, o bien armados con la indumentaria de guerra; el salto de longitud, del que había modalidades en las que los atletas se ataban en las pantorrillas pesos de piedra o de plomo; el lanzamiento de disco, hecho de bronce y con diferente peso y diámetro según la categoría; el lanzamiento de jabalina, un arma de guerra a la que se le eliminaba la punta.
En las luctatorias, había que demostrar la fuerza y la táctica con respecto a un adversario. Se componía de lucha, cuyo objetivo era derribar al adversario; el pugilato, algo parecido a nuestro boxeo actual, pero, en un primer momento, sin guantes; y el pancracio, una combinación entre lucha y pugilato.
            En las competiciones hípicas había que demostrar no sólo maestría al montar a caballo, sino también, el ejercicio de doma previo a las competiciones. En el hipódromo de Olimpia, un circuito de más de un kilómetro y medio, se llevaban a cabo las carreras con carros -cuadrigas o bigas- y las carreras de caballos -a través de vallas, fosos, declives del terreno, etc.-.
El Pentatlón, la competencia por excelencia, constaba de una carrera de velocidad, salto de longitud, lanzamientos de disco, lanzamiento de jabalina y lucha.
Al regreso a sus respectivas ciudades, los vencedores recibían como recompensa una corona de olivo, la manutención gratuita de por vida en el Pritaneo a expensas de la ciudad, la proedría o el derecho a ocupar de manera gratuita asiento de honor en los espectáculos públicos, y también la atelía o exención de impuestos y, en algunos casos, elevadas recompensas económicas. Además, los atletas eran recibidos triunfalmente como héroes y se les erigían estatuas y poetas como Píndaro los cantaban en sus versos

 También, al igual que hoy en día, las competiciones deportivas levantaron pasiones entre los hinchas de uno u otro bando y nos han llegado documentadas peleas entre seguidores de equipos rivales (algo así se cuenta el canto XXIII de la Ilíada durante la celebración de los juegos fúnebres realizados con motivo de la muerte de Patroclo).
Incluso se nos documentan casos de soborno en los que algunos atletas pagaban a sus rivales para que se dejaran vencer, acción que venía multada por un tribunal.

            ¿Y las mujeres? ¿Discriminadas? No. Tenían sus propios juegos, menos conocidos, pero los tenían. Eran los Juegos de Hera, en los que se realizaban pruebas de carrera premiadas con una corona de olivo y parte de la vaca sacrificada a la diosa. Competían vestidas con una túnica corta y el pelo suelto.



En conclusión, los Juegos Olímpicos antiguos constituyeron una expresión religiosa de respeto y culto a los dioses, a la par que contribuyeron al desarrollo del cuerpo y del alma de los griegos y permitió la reconciliación entre los distintos pueblos y ciudades, buscando la unidad de los griegos.



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lunes, 17 de marzo de 2014

¡ESTÁN LOCOS ESTOS ROMANOS!


Ya nos lo repetía Obélix en más de uno de sus cómics: ¡Están locos estos romanos! Y no lo decía sin razón. Estas líneas pretenden justificar esta tan repetida afirmación de uno de los personajes de cómic más famoso de nuestra época.Y es que, a pesar de encarnar uno de los más grandes imperios de la historia, los romanos protagonizaron una de las sociedades más curiosas y variopintas de todos los tiempos.
Lejos de ser una cultura con una existencia que se remonta a algo más de un par de decenas de siglos atrás y que vio el fin de sus días hace ya algunos siglos, fueron capaces de crear una sociedad con costumbres, prácticas y avances muy similares a los nuestros: existía calefacción central en las casas, carruajes con taxímetro, tiendas de comida rápida, ofertas y gangas en los comercios, ascensores, usaban métodos anticonceptivos para sus prácticas sexuales, se practicaba el aborto, existía el divorcio y, encima, eran más que continuos los cotilleos y marujeos en los patios de vecinos.
Así, Juvenal en sus Sátiras o Marcial con sus Epigramas, nos transmiten una visión jocosa y, a la vez, un poco molesta de la vida cotidiana de la Roma de su época. También, unos años antes, el poeta Horacio imprimía en sus Sátiras una crítica a las costumbres más incómodas de la urbs.
Para nuestro deleite y para provocar más de una sonrisa, os ofrecemos algunas de las más curiosas excentricidades de nuestros queridos romanos.

La vida cotidiana en Roma, en concreto la vida dentro de la casa, nos puede presentar escenas tan extrañas como chocantes. Por ejemplo, para lavarse los dientes los romanos utilizaban la orina, pero no la suya propia. Era muy estimada la orina procedente de Hispania, que se enfrascaba en ánforas precintadas y de la que se surtía a todo el Imperio.
Las esclavas, para perfumar a la señora, se llenaban la boca de perfume y luego lo escupían pulverizando desde la cabeza hasta los pies a su ama, la cual, mientras la esclava la rociaba, alzaba los brazos y daba una vuelta sobre si misma.
El calendario romano contaba con unos doscientos días festivos al año, es decir, contaban con uno o dos días de fiesta por cada día trabajado.
En cuanto a los cumpleaños, todos se celebraban el día primero del mes en el que se nacía.
El Lar Familiar era el dios protector de la familia, a quien los romanos, que eran muy supersticiosos, veneraban, ya que actuaba de deidad que atraía la buena fortuna a los miembros de la casa. Pero, cuando las cosas empezaban a no marchar bien, los romanos, encolerizados, la tomaban contra éste y lo insultaban, lo pisoteaban e incluso llegaban a echarlo de la casa lanzándolo por la ventana.
Eran habituales las ofrendas de aceite y vino a los muertos y, para ello, las tumbas disponían de canalizaciones para que el vino o el aceite les llegaran y, así, tener contentos a sus antepasados que dejarían a los vivos vivir en paz.
Como gesto de juramento, los romanos con la mano derecha se apretaban los testículos. De esta costumbre proceden las palabras 'testigo' o 'testificar'.
En cuanto a la comida, los romanos contaban con gran cantidad de platos exóticos, como cresta de aves, lengua de flamenco, sesos de alondra, pezones de cerda, talones de camello, etc.
La salsa más famosa era el garum, una salsa elaborada con vísceras y branquias de pescado fermentadas con salmuera y dejadas secar al sol durante dos o tres meses. El líquido que salía de esta maceración era el garum.
El banquete más extravagante y opulento que de la Antigüedad se nos ha transmitido contó con los siguientes platos: como entremeses, erizos de mar, ostras frescas, dos clases de almejas, tordos con espárragos, gallinas cebadas, pastel de ostras y mariscos y bellotas de mar blancas y negras; luego diferentes platos de marisco, pequeños pajarillos, riñones de ciervo y jabalí y aves empanadas; y, a continuación, los grandes platos: pecho de cerdo, pastel de pecho de cerdo, diversos pasteles de jabalí y de pescado preparados con diversas sazones, liebres y aves asadas.
Y, como tanta comida no cabía en el estómago, a mitad de banquete tenían que vomitar la comida para luego seguir comiendo. Para ello se introducían hasta la garganta una pluma de pavo real que les provocaba el vómito para, luego, poder seguir comiendo.
En cuanto a los postres, los romanos preparaban un flan muy parecido al nuestro: leche, huevos y miel -no conocían el azúcar- y lo cocinaban al baño maría. Una vez enfriado, lo volcaban en un plato y, antes de servirlo, lo espolvoreaban abundantemente con pimienta.
Y, en lo que a bebida se refiere, sabemos que gustaban mucho del vino. Incluso, se han encontrado ánforas marcadas con los años de antigüedad del vino. Autores de la época, nos transmiten que el consumo medio de vino era de unos 3 litros y medio por persona y día.
Los esclavos eran los que servían los manjares en los banquetes. Además de tener buena apariencia física, contaban con una melena muy larga que los señores aprovechaban para limpiar entre plato y plato sus manos grasientas.
Los métodos anticonceptivos no dejaron de ser sorprendentes a la par que ineficaces: entre otros, las clases bajas solían usar amuletos elaborados con la matriz o el cerumen de una mula, o un tipo de araña que, envuelta en un trozo de piel de ciervo, se colgaba al cuello de la mujer antes de salir el sol.
Como prácticas abortivas, era común la realización de ejercicios violentos, como cargar objetos muy pesados, saltar impetuosamente o ser violentamente agitada al montar animales salvajes o domésticos.
Y no sólo las prácticas cotidianas de personajes anónimos pueden sorprendernos. Los grandes emperadores, cuyo obsesión por el poder o por creerse dioses les hacían cometer todo tipo de atrocidades contra el pueblo o contra sus propios amigos o familiares, nos dejan una nutrida lista de hechos asombrosos.
Son numerosos los que cometió Calígula durante su mandato: la devoción por su caballo, Incitatus, le hizo construirle un establo de mármol con pesebres de marfil para su uso exclusivo y hasta una villa con jardines y dieciocho sirvientes que lo cuidaban personalmente. Posteriormente, lo nombró Cónsul; por otra parte, si algún aristócrata se enriquecía, lo obligaba a nombrarle a él como heredero universal de su fortuna. Una vez nombrado, lo mandaba asesinar; ordenaba quitar los toldos del anfiteatro para que el sol le provocara insolaciones a la plebe; lanzaba riquezas y tesoros por las calles para que el pueblo se aglomerara al recogerlas y muriera aplastado; su hija Julia Drusilla gustaba de arañar los ojos de los demás niños, hecho que enorgullecía al emperador.
Y Nerón, que se creía el mayor poeta que había dado Roma, mandaba borrar con la lengua la tinta de los poemas de aquellos poetas que realizaban composiciones mejores que las suyas, o sea, cualquiera.
Popea, la primera esposa de Nerón, se hacía seguir en sus viajes por un rebaño de trescientas burras que eran ordeñadas cada mañana con el fin de poder llenar su bañera de plata para su hidratante baño matutino.
Del emperador Cómodo se cuenta que, estando en estado de embriaguez, algo habitual en él, se empeñó en fecundar a una pantera en celo.
De otro emperador, Heliogábalo, cuyo nombre real era Vario Avito Basiano, se dice que el nombre de "Vario" le había sido puesto debido a la multitud de hombres con los que se había acostado su madre para lograr concebirlo.
            Éstas son sólo algunas de las miles de anécdotas y curiosidades que la tradición nos ha transmitido de la Roma antigua.


Sólo después de haber leído estas líneas en las que avanzamos unas pocas de las miles de rarezas, extravagancias y crueldades del pueblo romano, es cuando podemos comprender por qué el galo Obélix, desde su coherencia, decía con relativa frecuencia eso de

¡Están locos estos romanos!



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domingo, 16 de marzo de 2014

CARTA ABIERTA A D. IGNACIO WERT

Estimado Sr. Wert:

Me dirijo a usted a través de este medio para mostrarle mi oposición al trato que el anteproyecto de la ley de educación (LOMCE) da a las Humanidades.
Desconozco el origen y los motivos de la costumbre fuertemente arraigada en nuestro país desde hace más 40 años de atacar e ir eliminando las materias humanísticas de nuestras enseñanzas básicas con cada reforma educativa.
Cada vez que escuchamos hablar de reforma educativa, Sr. Wert, los de Clásicas ya sabemos que vamos a estar en el punto de mira. Y no para bien, precisamente.
A las pruebas me remito: el anteproyecto de la LOMCE no contempla la Cultura Clásica en ningún curso de la ESO; el Griego pasa de obligatoria de dos años a optativa de un solo año y de oferta no obligatoria, así que, el centro que buenamente lo estime, la ofertará. El que no, no. El Latín, a día de hoy, queda igual, aunque antes de verano todo apuntaba a que sería materia obligatoria para todos los alumnos de 4º de ESO. Así lo informaban muchos medios. ¿Qué pasó con esto, Sr. Wert? Porque el anteproyecto dice otra cosa: es optativo a la Biología.
Y esto no es nuevo. Lo hemos venido constatando desde la LGE de 1970, impulsada por Villar Palasí, la LOGSE, …
¿Es normal, Sr. Wert, que en un país eminentemente humanista, como lo es España, sean las propias Humanidades el primer objetivo a atacar ante cada reforma educativa?

¿Sabe usted, Sr. Wert, que somos muchísimos los profesionales de la Filología Clásica los que año tras año, sin contar con más recursos que nuestros conocimientos y nuestra imaginación, hemos ido levantando en nuestras clases pasiones por el Antigüedad Grecorromana? Y el 99,9% de estos alumnos apasionados jamás estudiará Filología Clásica. No. No necesitamos a tantos. Pero, le aseguro, que llegan a sus bachilleratos de Ciencias o de Letras agradecidos de haber recibido dichos conocimientos.
¿Sabe usted, Sr. Wert, que hemos sido los propios profesionales de la Filología Clásica los que hemos creado y sostenido únicamente con nuestra ilusión los numerosos Festivales de Teatro Grecolatino y Jornadas de Cultura Clásica que se celebran por todo el territorio nacional? Vaya a Segóbriga, a Madrid, a Mérida, a Sagunto, a Sevilla, a Córdoba, a Barcelona, a Tarraco, a Pamplona, a Lugo, a Oviedo, a Cádiz, a Toledo, a Málaga, a Santander, a Valladolid. Vaya y disfrute viendo a nuestros alumnos paseando con sus mochilas por las calles de Itálica y sentados en la cavea del teatro de Mérida; vaya y disfrute viéndolos en Segóbriga reír por la mañana con Lisístrata y, por la tarde, en Tarancón, llorar con Edipo; vaya y disfrute viéndolos boquiabiertos ante los mosaicos de Carranque o ante la colección de ajuares que custodia el museo de Almenara-Puras. ¿No los ha visto? Yo sí. Los he visto muchas veces. Todos los años. Este espectáculo usted se lo está perdiendo, pero, por favor, no haga que nos lo perdamos también nosotros. La enseñanza es una profesión muy dura y ver disfrutar así a nuestros alumnos nos da esa motivación que no se nos da desde las instituciones.
¿Sabe usted, Sr. Wert, que somos los profesionales de la Filología Clásica quienes enseñamos a los alumnos de Ciencias que optan en la ESO por la Cultura Clásica, el origen de las ciencias y la técnica en occidente y la creación de todo el vocabulario técnico y científico que, como todos sabemos, es de origen griego y latino?
¿Sabe usted, Sr. Wert, que somos los profesionales de la Filología Clásica quienes, a través de la mitología, ponemos los cimientos para que nuestros alumnos entiendan no sólo la filosofía, sino también la pintura, la arquitectura, la escultura, la literatura, en una palabra: el Arte?
¿Sabe usted, Sr. Wert, que somos los profesionales de la Filología Clásica quienes, a través de la enseñanza del griego y del latín, dotamos a nuestros alumnos de los recursos lingüísticos suficientes para poder aprender y comprender mejor las estructuras y el léxico de las lenguas modernas? ¿No lo sabe? Nuestro trabajo es poner los cimientos de las demás disciplinas. Muy duro, por cierto, pero nos apasiona.
¿Sabe usted, Sr. Wert, que los profesionales de la Filología Clásica de nuestras universidades cuentan a nivel mundial con un prestigio y reconocimiento tales que son invitados a ponencias y congresos por Europa y América?
¿Sabe usted, Sr. Wert, que somos los profesionales de la Filología Clásica de los institutos y colegios los que más integramos las TIC en las aulas, los que más blog generamos en internet, los que más recurrimos a medios audiovisuales y los que más exigimos a nuestros alumnos saber usar numerosos programas informáticos porque, como siempre les decimos, son indispensables para el futuro? ¿No lo sabía? Sí, Sr. Wert, la Cultura Clásica y el Griego, esas asignaturas que desaparecerán si no se rectifica la LOMCE, utilizan la modernidad para enseñar la antigüedad.
Y, por último, ¿sabe usted, Sr. Wert, que este amor por el mundo grecorromano nos ha llevado a muchos de nosotros, profesionales de la Filología Clásica, a cambiar la metodología tradicional del latín y a aprender a hablar latín para impartir nuestras clases en latín? ¿Sabe usted que en muchos colegios e institutos de todo el territorio nacional la lengua vehicular de las clases de latín es, cada vez más, el propio latín y que los alumnos de 15 y 16 años siguen la clase a la perfección, usan esta lengua activamente en clase y entienden directamente los textos latinos sin ningún tipo de análisis previo, ni búsquedas en el diccionario? ¿No lo sabe, Sr. Wert? Yo lo invito a que un día venga media hora a mi colegio y vea a mis alumnos de 4º de ESO o de 1º de Bachillerato hablando en latín sobre la constitución del Imperio Romano o explicándoles a sus compañeros la composición de una familia romana, por ejemplo. Venga a verlo, está invitado a esto y, si se le apetece, también a un café. Sí, lo sé, ¿hablar latín para qué? Externamente, para nada; internamente, les crea seguridad, satisfacción y, sobre todo, la motivación de verse capaces de algo que habían oído que era imposible. ¡Éste es nuestro verdadero trabajo!

¿Por qué este empeño, Sr. Wert, por destruir algo que funciona tan bien, que tanto nos ha costado construir y que da frutos, muchos y muy buenos?

Quiero apelar a su comprensión y pedirle que, como hasta ahora, se mantengan en la ESO y el Bachillerato las humanidades clásicas: la Cultura Clásica, el Latín y el Griego.
Por eso, le ruego, Sr. Wert, tenga a bien rectificar el trato que la LOMCE da a las Humanidades, y, por el respeto que sinceramente me causa, hágase el favor de no pasar a la historia como el ministro que ha eliminado las Humanidades de nuestro sistema educativo.

Reciba un afectuoso saludo,

Alejandro Pastor
Dpto. Clásicas
Colegio San Ramón y San Antonio




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